Lázaro y el hombre rico: Reflexión cristiana sobre la presencia de Dios

Introducción: Cuando el texto no habla

A veces, como comunidad, nos encontramos con textos bíblicos que no parecen decirnos nada en nuestro momento vital. Esto puede suceder incluso con pasajes que hemos leído o predicado en otras ocasiones.

La parábola de Lázaro y el hombre rico (Lucas 16:19-31, NTV) es uno de esos textos que, en determinados contextos, puede resultar difícil de interpretar. Aunque suele ser vista como una historia sobre el cielo y el infierno, una lectura más profunda revela que se trata de una reflexión sobre la vida aquí y ahora, especialmente en lo que respecta a la responsabilidad social y el reconocimiento del sufrimiento ajeno.


El ruido alrededor de la parábola

Una de las dificultades al abordar esta parábola es el ruido interpretativo que genera. A menudo, se percibe como una enseñanza sobre la vida después de la muerte, pero no es así. El «seno de Abraham» no representa el cielo, ni el «reino de los muertos» el infierno. Más bien, el relato nos invita a reflexionar sobre la indiferencia y la falta de empatía en la vida cotidiana.

En el contexto en que Jesús cuenta esta historia, está respondiendo a unos fariseos que amaban el dinero y que se consideraban justos, aunque su justicia era superficial. Jesús critica esta actitud y cuenta la historia del rico que vivía en el lujo mientras Lázaro, el pobre, solo deseaba las migajas de su mesa.


Cuando Dios parece estar ausente

A lo largo de la reflexión, surge una pregunta inquietante: ¿Por qué parece que Dios está ausente en esta parábola? ¿Por qué Jesús no habla del Padre que acompaña en la debilidad o el sufrimiento? La historia parece mostrar una distancia entre Dios y los protagonistas, lo cual genera una sensación de vacío que puede resonar en quienes atraviesan momentos difíciles.

Esta aparente ausencia puede reflejar una experiencia común en la fe: el sentimiento de que Dios no está cuando más se le necesita. Sin embargo, al profundizar en el mensaje de Jesús, se comprende que el Reino de Dios está aquí y ahora, en las relaciones humanas y en el compartir con los demás.


Reconociendo a Dios en lo cotidiano

La parábola nos confronta con la ceguera espiritual de quienes viven centrados en su propio bienestar, como el hombre rico. Sin embargo, también invita a mirar más allá de lo inmediato y reconocer que Dios está presente en el gesto sencillo de compartir, en la empatía que rompe barreras y en el compromiso con el otro.

El verdadero problema del rico no fue su riqueza, sino su incapacidad para ver a Lázaro y reconocer su necesidad. Esta indiferencia lo condenó a una vida vacía, aún antes de morir. El relato nos invita a reflexionar sobre cómo podemos evitar esa ceguera en nuestra vida cotidiana.


La justicia de Dios: Una sentencia de amor

La verdadera justicia de Dios no radica en castigos o recompensas inmediatas, sino en una sentencia de gracia que declara: «No hay nada que pueda separarte de mi amor». Dios no clasifica entre «puros» e «impuros», sino que reconoce la dignidad de cada ser humano. La comunidad cristiana es llamada a vivir esta justicia siendo solidaria y acogedora, especialmente con quienes la sociedad margina.


Conclusión: La presencia en la ausencia

Aunque a veces resulte difícil encontrar a Dios en nuestras circunstancias, Él permanece cerca, especialmente en la comunidad que se acompaña mutuamente. La verdadera presencia divina se revela en el acto de compartir, de acoger al otro y de reconocer la dignidad en cada persona.

Dios está presente en nuestras relaciones cuando nos mostramos cercanos, solidarios y dispuestos a acompañar. Aunque en la parábola parezca que Dios está ausente, en realidad está en el acto de justicia y misericordia que el rico ignoró y que Lázaro, en su vulnerabilidad, representa.

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Crédito

Reflexión basada en la predicación de la Pastora Marta López.

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